Ruben Verdu: contemporary artist. Barcelona, Spain

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(Introducción. Traducido de los contenidos del vídeo «Meeting Mr. Alarmed»)

Para nosotros, haber conocido a «Mr. Alarmed» o, mejor dicho, al «señor Alarmado», ha tenido consecuencias bastante graves. Antes del desafortunado encuentro, solíamos empezar nuestros días tumbados al sol, sin preocupaciones, ni avisos, ni agravios. Ahora, todo lo contrario, no dejamos de preguntarnos: ¿Dónde estaban en aquel entonces nuestros enemigos, nuestros miedos, nuestro pánico?

¿Sabéis que venimos de un entorno acogedor, que somos habitantes de lo horizontal, que empezamos tumbados ahí? ¿Sabéis, también, que cualquier intento de levantarse y ponerse en ese precario equilibrio vertical con el que se nos reconoce ahora, no es más que una expresión de inquietud, preocupación y ansiedad? ¡Sí, lo habéis oído bien: …de inquietud, preocupación y ansiedad!

Me indican que su apellido viene de la palabra «all’arme», un grito de llamamiento a la lucha armada, algo así como «¡a las armas!». Por eso sus ojos desorbitados junto con su expresión desasosegada, pueden anticipar a lo lejos la llegada de la violencia que, al final, puntual, siempre llega.

Por lo tanto: ¿Levantarse? ¿Para qué? ¿Para qué apresurarse a recoger nuestros párpados si estamos destinados a volver a nuestros lechos para siempre y, en nuestros lechos, dejarnos de apariencias y simulaciones y volver a lo nuestro, a nuestro ininterrumpido descanso?



Palabra de decapitado (Word of Decapitated)

Cuando esos superpijos ingleses del siglo XVIII empezaron a poner de moda lo del turismo con sus aventuras más o menos bien organizadas al sur de Europa, lo primero que tenían que hacer era dar un salto al vacío porque descender los acantilados de Dover parecía tener ya una función estrictamente premonitoria. Solo quiero, por un instante, recalcar que excepto en el condado de Cumbria, el suelo inglés en su mayoría se eleva suavemente solo hasta los 900 metros por encima del nivel del mar. Como Jimmy Cooper en las escenas finales de la película «Quadrophenia», liberarse es darse a esa caída.

Todo lo plano lleva consigo un inevitable sentimiento de vacuidad, de quietud y aburrimiento. Compite con la muerte en los terrenos del tedio más extremo. Un terreno llano, si nos encontramos en él, es siempre difícil de comprender. En nuestro intento por establecer sus limites y sus formas, nuestra vista sigue asimptomaticamente su ininterrumpida extensión hasta el horizonte. Inmersos en esa anamorfosis envolvente nuestra pertinencia se encuentra, de hecho, totalmente comprometida. Da igual dar unos pasos hacia delante o a la derecha, andar unos metros más o unos kilómetros hacia atrás. Seguiremos en la inadvertencia. Tan solo aquellos elementos que se presenten ortogonalmente al escrutinio de la mirada devendrán comprensibles y establecerán el paisaje de lo figurable. El nomadismo, esa inquietud tan justificada, tan de meseta, tan esteparia, puede llegar a entenderse, por lo tanto, como la búsqueda incesante de esas presencias figurables que parecen no llegar jamás. Cuando lo figurable se levante ante nuestra mirada sabremos que hemos llegado por fin a nuestro Himalaya.

Pero los hijos de papá que se nos avanzaron en la búsqueda de lo «terriblemente bello», se conformaron con el horror del monolito Alpino. Frente a esas vastas elevaciones del terreno centroeuropeo recordaron —con una fuerte dosis de afecto— como se asimilan las imposiciones ordenadoras de esas moles hieráticas que, impasibles en sus tronos, con sus sentimientos fríos de piedra, imparten justicia sobre los habitantes de la tierra. Frente a esas figuras petrificadas, esas mentes devotas imaginaron la construcción de un orden, elevando objetivos, alzando entre ellos y el horizonte puntos de referencia, idealizando el «paternitas» descomunal que les aseguraba herencia y un lugar en el territorio, un encontrarse finalmente y saberse a sí mismos. Sobre esas cumbres ondean todavía banderines y banderitas. Porque, señoras y señores, la organización de una visión contra-picada, de admiración (!), la estupidez de tener que levantar la mirada, con el sobrecogimiento devoto que la acompaña, nos demuestra una vez más la imposición de ciertas cargas; ciertas, digo, por la certeza de saber desde donde nos hablan. El horizonte de presencias figurables que se nos acerca y nos interrumpe el continuo estepario que nos vio nacer no es más que una maraña de verticalidades que imponen sus equilibios y sus cargas sobre las bases que las sustentan y aguantan. Admirar la culminación de las cosas, su acabado, su patina, su pedigrí, nos viene de ahí, de esa manera de mirar avergonzada y diminuta.

Todo lo que se dedica a estimular el delirio especular de nuestra mirada esta llamado a desencadenar tarde o temprano el horror del accidente y la catástrofe. El aparato óptico está admirablemente bien dotado en anticipar lo que se nos aproxima desde la distancia y, por lo tanto, nos declara así cuales son ya sus privilegios en la producción de nuestros miedos, temores y fantasmas. No me extraña que, en esas circunstancias, el espectáculo alpino creará en las mentes privilegiadas de esos niñatos la fenomenología de lo sublime que, según ellos, podríamos entender como una ideología determinada principalmente por la admiración y sometimiento de la sensualidad a los rigores de un mundo radicalmente inhóspito. El alpinista, por ejemplo, sabe que para alcanzar el horror de la cumbre solo le queda la locura del intento. El accidente se hace parte de la ascensión y el desastre se apropia así de toda promoción y encumbramiento. Aparece con su cresta reluciente el infantilismo heroico.

El destino de todo lo encumbrado, de todas esas presencias figurables, de esas gigantescas protuberancias rocosas, de lo que se hace, en definitiva, discernible al ojo, es extrovertirse. Digamoslo en otras palabras, están escrupulosamente para vertirse al exterior, o sea, para darse la vuelta hacia afuera y así finalmente poder «di-vertirse». El desgaste de sus superficies así nos lo constata. los desagües de esas cumbres descienden y se canalizan hacia un más allá, la erosión de sus formas se reparte por el mundo. Esta es una de esas esperas que merecen la pena aguantar, que nos devuelven finalmente la quietud niveladora de lo plano, que nos recuperan la bajeza y lo vil, lo común a nosotros, a nuestros cuerpos, a nuestro continuo estepario, en el que no brotan las distinciones, donde lo único se convierte en similar, parecido a otro, camuflado, exento de yo.

De todas formas, hoy esas experiencias nos parecen del todo sobrevaloradas porque el concepto de lo sublime que se deriva de ese turismo acomodado ha quedado sobrepasado por el vértigo del viaje estratosférico y por la caída al vacío cósmico que es, no lo olvidemos, una caída sin fin, sin objetivo, sin solución. Digo esto porque creo que la profundidad geológica, la experiencia visual del abismo, fue, en el fondo, lo que más engordó la estética del horror en los sesos almidonados de esos jóvenes ingleses. Si las ascensiones y promociones se planificaban, el derrumbe, por el contrario, se les escapaba del orden prometido. ¿Como se vive sino, la experiencia de un universo infinitamente inhumano? Al intento de ascensión siempre le acompañan aparatosas caídas al vacío que no reconocen ni hiperbóreo, ni superhombre, ni ningún sobre-estimulado talento humano. El extrañamiento de la caída viene marcado por su contundencia e inevitabilidad. Llega siempre inesperada. No se intenta la caída. No hay esfuerzo ni lógica que la evite. Gracias a ella todo vuelve a su sitio.

Como os decía, nosotros hemos sobrepasado el vértigo construido a través de esa visión angustiada fruto de una caída hacia las profundidades de la tierra, una visión, en definitiva, dominada estrictamente por una estructura, en este caso, introvertida y que, en consecuencia, podríamos definir como lo más contrario a la visión «di-vertida» de la formación esteparia. Así pues, por todo lo que tiene de contrario, esa caída se precipita por los embudos del mundo, se adentra en lo mas profundo con un único objetivo: el de una caída acompañada de sentido y de lección. Sobre el que se cayó se nos añadirá «ese era su destino», de nuevo, otra manifestación de infantilismo heroico.

Lejos de demostraciones y de toda esta escenografía heroica, lejos de admiraciones y sobresaltos, queda la planitud del llano, lo soporífero, todo lo que encaja exactamente con las circunstancias donde nos encontramos ahora. En inglés hay un término que define perfectamente nuestro contexto: «sprawl». El «sprawl» se podría traducir como «desparramamiento», o «derramamiento», como un «spill». Es como un relajamiento de formas poco elegante, en definitiva, un gran «chof». El intento aquí ha perdido sus cumbres y ha empezado a formar parte ya del folklore distópico, a empezado a asociarse a nuestras vilezas. Su misión ya no es objetiva, no se interesa por un destino claramente marcado, un punto de referencia en el mapa. El gran «chof» se divierte, toma mil i una iniciativas, va a la deriva, se diluye, desaparece, en él no hay nada destacable, se aúna a las formas por las que se vierte. El recorrido de esta diversión sigue siendo inadvertible, no caeremos nunca en su cuenta. Lo planificado y lo arbitrario son aquí una misma cosa. Intentar el gran «chof» es afanarse en esa producción líquida, polimorfa y multi-esquizoide.

Nos arrastrarnos hacia una vacuidad mucho más abstracta, una en la que la mirada por si sola ya no logra transmitir ni magnitudes, ni tiempo, ni distancia. Nos extendemos como una mancha hacia el exterior. Nos vertimos en la lentitud cósmica. Las imágenes de ese cosmos se corresponden a las de una alucinación, no a las de una comprensión. Esas imágenes, señoras y señores, no nos producen ya ningún sobresalto.